Ya se acercaba la fecha para completar el séptimo mes en aquél caluroso lugar. Era el único que conocía pero para entonces, la permanencia se había hecho menos cómoda, el espacio se reducía y no había cómo moverse libremente. Llegó el día del control con el médico pero el papá no pudo asistir por cuestiones laborales. La mamá, sin embargo, feliz con el progreso de su primer embarazo, decidió asistir a la cita acompañada por su suegra. Un par de horas después, su esposo recibió una llamada inesperada a su oficina, una voz masculina le decía: "No se preocupe pero hay ruptura de membranas, sufrimiento fetal agudo, la bebe está meconiada y debemos operar de emergencia para salvarles la vida, tanto a su hija como a su esposa". La expresión en su cara al colgar era tal que el paciente a quien atendía en su consultorio médico en ese momento, sin dudar le dijo: "No sé qué pasó, pero parece ser una urgencia. Tranquilo vaya a atenderla''. Tan rápido como pudo llegó a la clínica pero su esposa ya se encontraba en sala de cirugía en compañía de dos ginecobstetras por la gravedad de la situación, indicio que no auguraba nada bueno.
Los médicos se dedicaban árduamente a su labor, mientras que sendas enfermeras se encargaban de secarles el sudor que corría a raudales por sus frentes. Por otro lado, la madre que aún estaba conciente, ya que la anestesia era local, apretaba fuertemente la mano de su esposo y se preguntaba por qué se sentía tan mareada. Él, a su vez, pasaba saliva y sentía temblar sus piernas al ver los ingentes esfuerzos del anestesiólogo por manterlas vivas con la rápida infusión de varios litros de suero endovenoso. Temía enormemente tener que elegir salvarle la vida únicamente a una de ellas. La pérdida de sangre era impresionante, pero en medio de la oscura situación un rayo de luz ilumina la sala y un fuerte grito rompe el tensionante silencio. Contra todo pronóstico, la vida triunfa para las dos mujeres. A pesar de ser una bebé prematura, muy pequeña y delicada, fue rápidamente estabilizada por los médicos. Una cesárea extrañamente exitosa, podría decirse.
Mientras se esperaba que la crisis estuviera controlada con el nacimiento, lo peor apenas se acercaba. Los médicos estaban más preocupados que antes ya que el estado de salud de la madre empeoraba y no dejaba de sangrar. Cruzaba por una situación poco frecuente para ellos y bastante grave. La placenta se negaba a desprenderse del útero, lo cual impedía detener el sangrado. Los especialistas se hallaron en una encrucijada ya que salvarle la vida requería retirarle el útero, gran dilema puesto que ella era aún muy joven y aquel era su primer embarazo. Con gran valentía se arriesgaron a intentar lo más difícil y riesgoso. Después de poner gran cantidad de puntos tras puntos, lograron lo imposible: detener la hemorragia, salvar el útero y la vida de ella. Indudablemente se merecen el título de héroes pero no lo habrían logrado sin la acertada colaboración del anestesiólogo y sus litros de suero.
Contrario a lo esperado, la recuperación de la bebé fue fácil y favorable. En cambio, el postoperatorio de la mamá fue el más difícil y doloroso. Ella, a pesar de toda molestia y dolor, soportó siempre con templanza y más fuerza que nunca, demostrando su gran valentía y fortaleza. Todo esfuerzo vale la pena por la vida de un hijo, aspecto que fue claramente comprobado y recompensado 6 años después con el nacimiento de su segundo y saludable hijo.
-NST-
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